sábado, 19 de noviembre de 2011

La desinteriorización del Hombre


LA DESINTERIORIZACIÓN DEL HOMBRE

Hoy vivimos en un mundo sin interioridad verdadera y conscientemente asumida, y ello ya por el solo hecho de que las metas del individuo medio se componen de valores determinados por el orden externo, tales como el encumbramiento social, el éxito profesional, el poder, la fama o la riqueza. De ahí que el individuo centre su atención más fuera que dentro de él. En cierto modo, podríamos decir que uno de los signos más característicos del hombre contemporáneo es el del pánico a quedarse a solas con su interioridad, como constataba hace ya treinta y cinco años el biólogo, médico y psicólogo Konrad Lorenz al señalar "la incapacidad del hombre moderno de quedarse a solas consigo mismo aunque sea por un breve espacio de tiempo" un fenómeno que él atribuía al miedo que el ritmo trepidante (Hast) de nuestro tiempo engendra en el hombre.

Ello es por lo demás el resultado inevitable de una época que concede más valor a los bienes materiales que a los bienes humanos, espirituales y morales. El individuo es el primero que se mide a sí mismo no por los valores inmateriales que pueda llevar dentro, sino por los trofeos sociales que logra alcanzar. Max Weber interpretaba esta prioridad de la exterioridad sobre la interioridad como el resultado de la sustitución de las ideas por los intereses como principio motivacional del hombre, fenómeno que a su vez asociaba con el proceso de racionalización del mundo y la eliminación de la dimensión mágico-religiosa como elemento normativo de la praxis humana. Lo que él resumía como "desencanto" no es sino la consecuencia final de lo que nosotros preferimos llamar "desinteriorización", un concepto que no se limita a señalar la pérdida de determinados aspectos de la espiritualidad humana, sino que los abarca todos. Ésta es también la razón de que la interioridad del hombre moderno sea más pobre, menos personal y más estandarizada que la de otros periodos históricos y modelos de civilización, y por ello, menos segura de sí misma y más sujeta a la inseguridad, la inquietud y la inestabilidad. Sin creencias profundamente arraigadas en el alma, el individuo generado por la Modernidad tardía y la Posmodernidad se convierte irremisiblemente en una reproducción mecánica del proceso mutacional de la exterioridad que le rodea.

De ahí que carezca en general de la quietud interior que tuvo el hombre en otras épocas menos convulsas. Y precisamente porque le falta la fuerza interior suficiente para afrontar con serenidad los desafíos y vaivenes más o menos continuos del mundo externo, su reacción habitual es la de adaptarse como sea a ellos y salvar el mínimo de seguridad que su instinto de conservación le pide: en primer lugar, un puesto de trabajo estable para poder subsistir y una vivienda donde poder cobijarse. El miedo a entrar en conflicto con su exterioridad explica, asimismo, su tendencia al conformismo y a aceptar resignadamente la suerte que el destino le ha reparado y a rehuir la lucha por un mundo más justo y más humano. Lo paradójico es que el hombre tardomoderno y postmoderno busca su autorrealización en una exterioridad cuyo signo más frecuente es su inestabilidad, mutabilidad e infiabilidad. A pesar de que es perfectamente consciente de esta realidad, sigue aferrándose a ella como la única opción posible para su vida.

El hecho de que no intente buscar nuevas vías de autorrealización demuestra por si solo el grado de autoalienación a que ha llegado. El sometimiento de la interioridad o subjetividad a la exterioridad no significa de ningún modo que deje de existir o se convierta en un desierto o un recipiente vacío. Muy al contrario: precisamente porque ha perdido en mayor o menor medida su identidad, sufre todavía más en carne viva su estado de indefensión frente al Moloch externo.

El hombre se aleja cada vez más de lo que es y se olvida de sus raíces ontológicas, lo que explica que se haya convertido en un ser tan improvisado y artificial como la propia civilización creada por él. No otra cosa quería decir Norman Mailer: "El capitalismo del siglo XIX devastó la vida de millones de obreros; el capitalismo del siglo XX puede muy bien acabar destruyendo la mente del hombre civilizado".
Heleno Saña
Tratado del Hombre
Editorial Almuzara (2010)

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